Mauro llegó otra vez tarde a su desayuno. Mamáa estaba dándole de comer al más pequeño de sus hermanos. Ella lo miró como quien escucha a un cachorro ronronear por primera vez, con ese orgullo que es una sonrisa interna.
―¿Una noche muy agitada?
―Mrrr… sí ―Mauro restregó su cabeza contra el cuello de Mamáa, y ella le lamió una oreja, que tenía un rasguño. Luego Mamáa se dirigió de nuevo al pequeño:
―Vamos, vamos… juega un poco más con la comida. Honra la comida, juega con ella, no la devores como una bestia.
¡Tantas veces había escuchado Mauro esas frases! Pero ahora ya era un adulto. Tomó un tazón de leche con entusiasmo; el hambre era el mejor de los aderezos. El cachorro, mientras tanto, golpeteaba con sus manitos el trozo de carne, paseándolo por toda la habitación, frente a la mirada atenta y satisfecha de Mamáa. Ella se volvió de repente hacia Mauro:
―¿Has visto a la abuela?
―No, hace unos días que no la veo. ―El cachorro saltó sobre su comida, clavándole las uñas, como si matara una presa.
―Mmm… estoy un poco preocupada. Nunca sale tantas noches fuera de casa. El invierno se acerca… y sus reflejos ya no son lo que solían ser.
Mauro se encogió de hombros y puso cara de resignación, apoyó la mano en la espalda a su madre, en un breve gesto de cariño, y entró a la sala.
El cubil estaba tan acogedor como siempre: almohadones apilados y desparramados, un montón de troncos en la leñera, una gran alfombra de cuero para arañar. Mauro avivó el fuego durante un rato. Con un fierro acomodaba los troncos, les pegaba un poco, los juntaba, los separaba… Pensando, satisfecho, en las correrías de la noche.
Luego se acomodó en un rincón mullido y se durmió enrollado sobre sí mismo.
Papáu lo sacudió al atardecer.
―Minino, ya es hora de trabajar.
―Ya no soy un minino, Papáu… ―se estiró y bostezó― ¿Dónde cazaremos hoy?
―Hoy te quedas con los cachorros. Mamáa ya ha salido a cazar y yo tengo que buscar a la abuela ―los gatitos los miraban con sus grandes ojos, a punto de saltarle encima, pero evaluando su posible reacción.
―¿Aún no apareció la vieja?
―¡Hey! Más respeto. Que “la vieja” luchó en las Guerras Cánidas. Iré a preguntar a los Centros de Salud si la han visto.
―Okey, okey… no quise faltarle el respeto. Me quedaré con los pequeños. ¿Ha venido Mía?
―Sí, está entrenando en el jardín.
―¡Quédense aquí, ya vengo, chicos! ―Mauro no alcanzó a escuchar (o no quiso) los pedidos de acompañarlo.
Mía no estaba. Y, de repente, estaba sobre él. Riendo, mordisqueándolo, luego corría, se revolcaban… un lengüetazo en la oreja y un salto hasta el árbol. No le preocupaba la abuela. No le gustaba salir a cazar, a menos que hiciera mucha falta. Aún era una chiquilla, y sin embargo, había veces que no lo parecía. Algún día sería su compañera, pero de momento sólo era un juego lo que los unía.
―Dime, Mía, ¿hace mucho que no ves a la abuela?
El entusiasmo y la alegría de Mía se esfumaron. Se sentó en el suelo y comenzó a lamerse una mano, restregarla contra los bigotes, y entre medio de la tarea respondió:
―Pufff… otro más con eso. No lo sé. No presté atención, no me gusta vigilar a los demás.
―Bueno, no es eso… me refiero a si recuerdas algún diálogo con ella, que nos pueda servir para encontrarla.
―Ya me lo preguntó Papáu. Cada día te pareces más a él y eso verdaderamente me molesta ―dijo, apretando los dientes al pronunciar “verdaderamente”.
―¿Y que te parece si “verdaderamente” comienzas a preocuparte por un miembro de la familia? La abuela puede estar muerta, ¿lo entiendes?
Mía abrió mucho los ojos, y la boca como para empezar a decir algo, pero Mauro se alejó de ella, encolerizado. Ella lo tomó por el brazo y lo forzó a mirarla:
―Disculpa. A veces soy una tonta. Creo que la escuché quejarse de que le dolía la cintura, como siempre… bueno, y también que añoraba los viejos tiempos de correr por los tejados.
Ambos rieron.
“Sí, suena a la abuela”, pensó Mauro. Besó a Mía en el hocico y fue hacia adentro a hacerse cargo de los cachorros, tal como le había pedido su padre. Jugó con ellos largo rato, olvidando un poco todo el asunto de la abuela. Y cuando el juego lo aburrió, se recostó, pensativo de nuevo, vigilando que los
pequeños no se lastimaran. Mía se acomodó a su lado, cuerpo con cuerpo, ronroneando y con los ojos entrecerrados.
Hacía poco que el sol se había asomado por entre las casas cuando Papáu y Mamáa volvieron a casa. Mamáa estaba ojerosa y no decía palabra; sus ojos miraban hacia su izquierda y derecha en el piso, como si estuviera a punto de cazar imaginarios ratones. Hacía eso cuando tenía que resolver algo importante.
Papáu la observaba y de vez en cuando emitía algún monosílabo, que Mamáa callaba con un gesto de su mano.
Al fin, dijo:
―Estoy uniendo todo lo que averiguamos. En los Centros de Salud no la han visto y le hemos dejado nuestras Marcas en el Árbol para que nos contacten si aparece. Los vecinos tampoco saben nada. Las últimas cosas que dijo no fueron de mucha ayuda… y su médico nos informó que le autorizó una receta de hormonas.
Mía entró con algo en la mano.
―Disculpen, supongo que hablan de la abuela. Me tomé el atrevimiento de hurgar en su rincón y encontré esto dentro de su almohadón favorito: parece ser una especie de diario. Supuse que la situación era lo suficientemente crítica como para leerlo…
―Mía, por lo general te reprendería por algo así, pero en estas circunstancias…
―Bueno, las últimas hojas escritas son de hace diez días. Y no son muy alegres. Me parece que la abuela estaba muy triste.
Mamáa ojeó el cuaderno de hojas de madera, con esos arañazos tan característicos de la abuela, que transmitían seguridad, pero ya se notaba que perdían fuerza.
―Más que triste, diría yo. Lo que dice aquí transmite una nostalgia que raya la depresión. Sólo nos queda avisar a las fuerzas del orden... y descansar, por ahora. Luego continuaremos la búsqueda.
Dicho esto, Mamáa y Papáu se fueron a dormir con los pequeños, formando un montón felino de adultos y cachorros.
Mauro salió a recorrer la ciudad. Conocía otros lugares en la gran Chesire, a los que suponía que sus padres no tenían acceso, o no se atrevían a acercarse. Era un poco raro preguntar por la abuela allí, pero en esos antros se sabe de todo.
―Oh, sí, la abuela Shima ha estado muchas veces aquí ―dijo uno de los personajes musculosos encargados de la puerta, con cara de pocos amigos.
―Oh… bien… ¿Cuándo la vieron por última vez? ―Mauro se hallaba desconcertado. La abuela era clienta asidua de uno de esos clubes que jamás cierran.
―Disculpa, minino, aquí no nos llevamos bien con las preguntas, ¿sabes? Y por eso los clientes nos aprecian. No me interesa si eres su amante o su hijo o su cuidador del asilo. Adiós.
―¡Vaya! ¡Pero si pareces un perro guardián! ―Al instante de decir esto, Mauro se dio cuenta de su error. No uno, sino dos y luego tres de los grandes felinos saltaron sobre él, primero arañándolo y luego mordiéndolo en el cuello y el torso. Ni tiempo tuvo de defenderse, pero ellos sabían muy bien cuánto daño
causar, para advertir, sin matar. Tan rápido como saltaron sobre él, volvieron a sus puestos. Se lavaron la cara y cruzaron sus patas sobre el pecho, y dirigieron sus ojos a la calle, sin expresión.
Mauro se levantó con mucha dificultad, caminó hasta estar lo suficientemente lejos del lugar y lamió sus heridas. La peor de ellas, su orgullo.
“’Minino’, ‘Minino’. ¿Es que no ven que ya he tenido mis primeras peleas de tejado?”, pensaba Mauro, mientras repasaba todo su cuerpo magullado.
Buscó una Casa de Pelos para que lo examinaran. En la zona había muchas, pero se decidió cuando vio en el escaparate algo que le resultó familiar. Era una foto de la figura que tenía pintada en su pelo blanco, sobre las costillas, su abuela. Una figura azul, con forma de luna, de la cual ella siempre se enorgullecía.
Decidió cambiar de estrategia y no hacer preguntas directas.
―¡Hola, qué tal! Acabo de tener un intercambio de opiniones con tres muchachos y quisiera que, si es tan amable, me revisara.
―¡Por supuesto, señor! ―Mauro sonrió. Aquí sí sabían cómo tratarlo―. ¿Desea el tratamiento completo o sólo el antiséptico? No hay mucha diferencia de precios…
―En principio quiero que compruebe si esta herida en el costado sigue sangrando.
El peluquero hizo su trabajo a conciencia, con mucha delicadeza y habilidad.
Mauro pensó que era oportuno romper el silencio:
―Estaba viendo su vidriera y quedé fascinado con esa imagen. ¿Cuándo me costaría hacérmela aquí, sobre el pecho?
―¡Oh, es un lugar muy hermoso para pintarla! ―el peluquero empezó con una larga perorata, que Mauro fingió escuchar extasiado.
―Y dígame: ¿es muy popular? Quiero decir, tampoco quiero salir a la calle con algo que todo el mundo lleva, perdería un poco la gracia.
―Bueno, a decir verdad, no. Sólo una anciana loca viene todos los meses a que le repintemos esa luna.
―¡Ja, ja, ja! ¿Y qué tal es la anciana? Me encantan las historias. Tengo aquí para un rato más, ¿no? Me encantaría que me cuente sobre ella.
El peluquero resultó se una excelente fuente de información. Ni bien Mauro terminó de acicalarse, salió disparado hacia su casa.
―¡Mamáa, Papáu! ¡Ya sé dónde puede estar la abuela!
―¡Hijo! ¿Qué te sucedió?
―¡Bah! Unos matones de un local de placeres. No hay tiempo para explicarles demasiado, ¡vamos a buscar a la abuela Shima!
Mía se quedó con los cachorros y los tres corrieron hacia el centro de la ciudad.
―¡Shima! ¿Estás bien?
―¿Cómo perros me encontraron? ¡Por supuesto que estoy bien! ―una horrible tos la contradijo.
La abuela se veía en un estado calamitoso. La habitación había conocido mejores épocas: una gruesa alfombra, cortinas de terciopelo rojo, haciendo juego con los muebles… Pero con manchas en las paredes, algunos juguetes desparramados, restos de comida y recipientes volcados, y algunas otras cosas que no pudieron identificar. En todo ese caos, sobre la cama, la gata blanca y vieja descansaba.
La llevaron a un centro de salud, y tras analizarla, el médico dijo a la familia:
―Ella se encuentra estable ahora. Ha sufrido algunas heridas, mordiscos, arañazos, cosas normales, pero que no son aconsejables para su edad. De los análisis de sangre salta a la vista ha tomado grandes dosis de hormonas, calmantes para el dolor y drogas estimulantes.
―¡Yo diría que la ha pasado fenomenal los últimos días! ―dijo Mamáa, con tono socarrón.
―Oh, sí… pero quizás sean, de verdad, sus últimos días.
Entraron a verla. Vendada, en la cama, parecía muchísimo más frágil que cuando la hallaron.
―¿Qué has hecho, Shima? ―le preguntó Papáu, lleno de pena.
―Quería correr de nuevo por los tejados, ¿sabes? Pero esta pata que me duele con la humedad de la noche, y la cadera… Déjame lamerles la cabeza.
Nadie se atrevió a contradecirla, o a hacerle ningún reproche.
Papáu, como si fuera un gatito, y también Mamáa y Mauro, se dejaron acicalar por la anciana. Cuando terminó, ella misma se lamió las manos y se las pasó por la cara; nadie supo si estaba llorando.
Luego los miró, orgullosa, con una sonrisa de oreja a oreja.
Cerró los ojos. Y la sonrisa, lentamente, se desvaneció.
Aparecido el 1° de Agosto de 2013 en NM número 29:
http://www.revistanm.com.ar/content/hemero.html
lunes, 19 de agosto de 2013
Eva - Chinchiya Arrakena
A Eva le estallaba la cabeza. No, “estallar” no era la palabra, ya que si estallaba, por lo menos terminaría aquella reunión. ¿De quién había sido la idea? Ah, sí: de Carla. Y ella no había podido decirle que no.
—¡Hace tanto que no nos juntamos! Hacemos alguna pavada, y charlamos, ¿qué te parece? —le había dicho.
¡Claro! Hacer alguna “pavada” de comida para diez personas, y tener la casa impecable, para Carla no era problema: no era su casa, sino la de Eva.
Ahora sentía ese rítmico martillear en sus sienes, que le indicaban el paso hacia algo peor. En realidad no podía ser peor que la charla del marido de Patricia, que siempre tapaba a los demás hablando de sí mismo y de sus logros. “Eugenio el genio” le decían irónicamente a sus espaldas. Y es que de genio no tenía nada: había heredado bastante dinero, y vivía alardeando de que había hecho buenas inversiones.
Luego estaban Julia y Leandro, Marcela y Pablo. Esos cuatro eran inseparables, y, no importaba el ambiente, la pasaban bien.
—¿Más postre, chicos? —Ellos aceptaron acercando los platos. Lo mismo daba que hubieran ido a un restaurante japonés o a la casa de Eva, todo el tiempo reían y tenían que explicar resignadamente al resto cuál era el chiste.
Eva sintió que su cabeza se hinchaba, que el dolor en el hemisferio izquierdo de la misma se expandía: una poderosa estaca le atravesaba el ojo y salía por su nuca. Miró a su marido, como pidiéndole piedad, pero Javier estaba conversando con Eugenio y Jorge, el novio de Carla. ¿De qué hablaban? ¿Otra vez de ese estúpido programa de televisión? Y Carla los observaba fascinada.
Se sintió mareada. Comenzó a sudar frío. Tomó la mesa con las palmas para abajo, en un intento de purgar por sus dedos crispados ese dolor que la invadía. Luego se presionó el pómulo y la ceja izquierdos. La jaqueca no cedía, y ya le invadía la mitad de la cara.
—¿Quieren un cafecito? —dijo, levantándose con mucho cuidado. Patricia murmuró algo como “te acompaño” y se levantó con ella, mientras los demás asentían distraídamente.
Eva caminó, sintiendo cada paso como un golpe en su cabeza. “¡Pero si no tomé alcohol!” pensaba, repasando su día para descubrir la causa de semejante tortura. En la cocina creyó que iba a desmayarse. Se mojó la cara y vio su reflejo en el vidrio de la ventana. “¡Dios mío! ¡Parezco un cadáver!” pensó, con las manos tomándose las mejillas. Volteó para encaminarse al baño, y tropezó con Patricia, que tenía una cara triste y la mirada de quien va a hacer una confesión.
-Te ayudo con el café. -Y luego de un par de segundos:- Te quería contar que Eugenio y yo estamos separándonos... Supongo que no te lo imaginabas... Bueno, quería contártelo porque creo que del grupo de la oficina siempre fuiste con la que mejor me llevé... -y siguió narrando su historia, llena de titubeos, con los ojos húmedos y tragando saliva a cada rato.
Eva ya no podía escuchar más. No entendía por qué la elegía de confidente, y a decir verdad le importaba muy poco: empezó a sentir náuseas.
Tomó a Patricia por los hombros y con una sonrisa ínfima le susurró:
—Te encargo el café.
Patricia le devolvió un gesto de alivio y agradecimiento, que Eva no pudo comprender.
Salió de la cocina, y con paso decidido atravesó el pasillo donde se encontraba el baño...
... y se dirigió a la sala.
Llegó a la puerta.
Observó a todos, uno por uno.
Ellos dejaron de conversar y la miraron.
Eva abrió la boca.
Su cabeza comenzó a agrandarse y sus manos a convertirse en garras y de su espalda brotaron unas verdes alas viscosas y su estatura llegaba ya a los tres metros.
Su boca, transformada en unas fauces gigantescas, produjo un rugido que rompió todos los vidrios y las copas. Patricia, que en ese momento entraba con el café, dejó caer todo de la bandeja. Un inmenso y furioso dragón amenazaba a todos, con unos ojos dorados cuya mirada los paralizaba de pavor. Los cuatro amigos se tomaron de la mano, poniéndose de pie; Carla y su novio se abrazaron; Eugenio y Javier sostuvieron una silla como para defenderse. De la garganta del dragón emanaba todavía un ruido sordo, un ronroneo aterrador. Entonces su nariz echó una llamarada que barrió con todo lo que estaba a la vista.
—¿¡PORRRR QUÉ NO SE VAN TODOS A LA MIERRRRDA!? —dijo con su profunda voz de monstruo.
Mientras las llamas invadían la sala, los invitados empezaron a correr huyendo como animales en estampida, y Javier, en un rincón, intentaba protegerse del fuego, como por instinto, con las manos...
¡Noc, noc!
—Amor, ¿estás bien? —se oyó la voz de Javier desde el otro lado de la puerta del baño— Ya terminamos de tomar el café; se van nuestros amigos, quieren despedirse.
Eva volvió de su ensoñación dando un gran suspiro.
—Dame dos segundos, ya estoy. —Se maquilló para disimular las ojeras y salió.
Saludó a todos con su mejor sonrisa. Luego juntó las tazas vacías, los platos sucios y no soportó su tintineo como para ponerse a lavar.
Se lavó los dientes con movimientos lentos y cuidadosos para que no le repercutiera en la cabeza. Ya en el cuarto, se cambió con la misma parsimonia y se metió en la cama.
—¿Y, mi amor? La pasamos bien, al final. ¿Viste que no fue tan malo? —le dijo Javier acariciándole el pelo a Eva.
Ella, en silencio, apagó la luz.
Aparecido el 1° de Febrero de 2013 en NM, Número 27:
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salvaje
Destino (Dalí y Disney) - Chinchiya Arrakena
No creo en el destino
pero si lo hubiera
¿sería yo tu campana?
¿serías vos mi guardián del tiempo?
Tus labios se disuelven en mariposas
y envío andorinhas para alcanzarte
para despertar tu reloj
Tus ojos me desnudan
y yo salto para no caer
Bailando
Me sumerjo en la arena y en las sombras
para tomar mi forma de nuevo
y bailar en vaivén, con mi vestido campana
y flotar en el viento como un diente de león
La arena del reloj cae
y todo se derrumba
Mi cabeza es como una pelota
con la que mis manos juegan
¿estoy tañendo en tu corazón?
Poesía inspirada en el video de Dalí y Disney:
Aparecido el 26 de Julio de 2013 en Poemia - El fuego de Heliconia:
http://poemiafuego.blogspot.com.ar/2013/07/destino-dali-y-disney-chinchiya-arrakena.html
pero si lo hubiera
¿sería yo tu campana?
¿serías vos mi guardián del tiempo?
Tus labios se disuelven en mariposas
y envío andorinhas para alcanzarte
para despertar tu reloj
Tus ojos me desnudan
y yo salto para no caer
Bailando
Me sumerjo en la arena y en las sombras
para tomar mi forma de nuevo
y bailar en vaivén, con mi vestido campana
y flotar en el viento como un diente de león
La arena del reloj cae
y todo se derrumba
Mi cabeza es como una pelota
con la que mis manos juegan
¿estoy tañendo en tu corazón?
Poesía inspirada en el video de Dalí y Disney:
Aparecido el 26 de Julio de 2013 en Poemia - El fuego de Heliconia:
http://poemiafuego.blogspot.com.ar/2013/07/destino-dali-y-disney-chinchiya-arrakena.html
jueves, 14 de marzo de 2013
Efemérides - Chinchiya
―”Aku
se ha desconectado” ―lee Laurent.
―¿Qué?
¿Cómo es eso? ―Logan se impacienta. Deja de juntar sus cosas. ―Dice que es…
“feriado” ―Laurent mueve sus dedos sobre el teclado a una velocidad del aleteo
de un insecto.
―¿Y
qué mierda…?
―Esperá…
Ah… ¡Es un romántico! Hoy hace tres siglos que… no entiendo bien. ¿Qué es un
país?
―Tres
siglos. ¿Y qué carajo importa qué pasó hace trescientos años? No recuerdo dónde
estaba hace una década… ¡Vamos, no hay tiempo!
―¿Cargaste
las armas?
Logan saca las uñas hasta casi tocar la cara de
Laurent, y las retrae. Luego le muestra el bolso.
―Todas
ellas.
―Bien.
Pasemos a buscar a Aku. No creo que haya salido de su casa.
Se calzan los cinturones aéreos y salen por la
ventana.
―Está
por llover, mejor nos apuramos.
La puerta de la casa de Aku está destrozada. Pintura
celeste y blanca por todas partes… pero Laurent no ve sangre, y Logan no la
huele.
―¿Podés
seguir su rastro? Vamos a llegar tarde al trabajo.
―No,
alguien se encargó muy bien de contaminarlo ―dice, con una mueca, Logan.
No es la primera vez que alguien del equipo
desaparece. Pero esta vez es especial. Es uno de “los tres del núcleo”.
―Vamos
a ver a Richard. Él sabrá qué hacer.
Laurent reprograma los dos trabajos de la mañana,
para la tarde. “Un poco optimista”, piensa, “pero al fin y al cabo estos dos
son políticos mediocres… Sólo una diversión para Logan.”
Richard no los deja entrar en su casa, y en lugar de
eso, los conduce bajo la inclemente lluvia hasta el parque, haciéndoles señas
de que permanezcan en silencio.
Suben a un tóptero público. Recién cuando el
transporte los eleva por los aires, junto a una veintena de personas (la mayor
parte de ellxs, humanxs), les dice:
―¿Cómo
mierda se les ocurre buscarme un día así?
―Perdoná,
Richard… no sabíamos qué hacer… Aku desapareció ―Logan parece confundido, mira
el suelo.
―¿A
qué te referís? ―dice Laurent, extrañado. Sabe que Richard no habla de la
tormenta.
―Hoy
es el aniversario de la declaración de Independencia de la República Argentina ―Richard
ve que los otros dos lo miran sin cambiar de expresión―. ¿No se dan cuenta? Hoy
es un día especial para matar a trabajadores de las corporaciones, como
ustedes…
―¿Y
entonces…? ―dice Logan, lamiéndose un colmillo.
―¿Tienen
una foto del departamento de Aku? ―Laurent le muestra su asistente― Oh, sí… Yo
sólo puedo decirles esto, no tengo idea de dónde puede estar Aku, pero no creo
que la esté pasando bien. Lo tienen los argentos.
Sin decir más, hace un gesto con la cabeza para
despedirse y se baja en la siguiente parada del tóptero.
―Vayamos
a ver a Milfa.
―Iba
a decir lo mismo. No nos queda otra ―Logan le envía un mensaje: ”knock, knock”.
Logan y Laurent bajan sobre un inmenso prado verde,
con una casa en medio.
―Nunca
dejan de sorprenderme estos paisajes holográficos.
―Yo
los odio. Y aquí hay olor a… ¡demonios!
La puerta se desliza y Milfa los saluda con una
sonrisa inquietante.
―¡Hasta
que al fin me necesitan!
―Hola,
Milfa. Necesitamos saber dónde está nuestro compañero, Aku.
El puro contrasta con su caracterización de
colegiala, de minifalda y largas trenzas negras. Les lanza el humo a la cara,
cosa que parece encantar a Logan.
―Bien.
Las armas quedan aquí en la puerta. Pasen a la sala.
―¿Los
dos? ―dice Laurent― Yo sólo soy un androide…
―Pero
sos completamente funcional, según me han dicho, ¿verdad? Vamos, vamos… ―los
toma de la mano― no sean tímidos.
Milfa se desviste y conecta varios cables a su
columna.
―Espero
que no les molesten las vías-com. Es una conexión segura ―se coloca en cuatro
patas, sobre el suelo acolchado de la sala.
―¡Para
nada! ―se entusiasma Logan, ya ronroneando. Comienza a acariciarla.
Le pasan los datos de Aku a Milfa. Su columna se
enciende con una luz blanca brillante, se arquea… Ella cierra los ojos y exclama:
―¡Ah!
Necesito más chi…
Logan se acopla a Milfa. Ella se retuerce de placer,
y peina todas las redes buscando un piojoso dato de donde encontrar a Aku.
Laurent, que al principio se mostraba reticente, se deja llevar por la
situación, procurando complacer todos sus pedidos.
La espalda de Milfa cambia, los colores se suceden.
Hasta que se torna completamente verde: lo ha encontrado.
Dejan a Milfa dormida, y salen con sigilo. La pradera
ha desaparecido, ahora pueden ver un barrio con casas destartaladas, y calles
desparejas, basura desparramada. Los olores de las fábricas y de la comida
chatarra se mezclan.
―Estás
muy callado, Laurent. No podés decir que no te gustó. ¡Estas dos horas me han
dado un hambre!
―Aku
está en peligro ―no quiere dar el brazo a torcer. Logan divisa un puestito de
panchirolos y codea a Laurent― Okey, okey… Comemos algo rápido y volamos.
Llegan a un lugar que parece ser un club nocturno de
prestigio. Son las tres de la tarde; está cerrado. Dan la vuelta por el
callejón y ven una persiana metálica.
―Abajo
hay varias personas ―dice Laurent.
―Huelo
a Aku… ¡debe estar herido!
Destrozan la puerta del depósito, bajan por una
escalera y se encuentran un panorama lamentable: por lo menos quince personas,
encadenadas, sucias…
Aku levanta la vista e intenta sonreír. Suspira.
En las paredes, hay carteles pintados sin cuidado,
alrededor de un sol. Los mismos colores del departamento de Aku.
―¡Qué
maniáticos! Esto no tiene ningún sentido ―dice Laurent―. Vamos, amigo… ¿podés
caminar?
―No
me rompieron las piernas, tan sólo me narcotizaron ―susurra Aku―. No sé qué
pensaban hacer con todos nosotros.
Logan rompe las cadenas y hace gestos a la gente de
que salga cuanto antes. Unos ayudan a otros… Al parecer hay personas que han
estado largo tiempo aquí. Pero no aparece ningún guardia… nada.
―Consigue
un móvil, Laurent ―Logan, cansado, se detiene a leer las paredes.
“Hasta la victoria siempre”
“Volveremos y seremos millones”
“La casa estará en orden”.
Inclina la cabeza, no comprende. Se encoge de hombros
y sale. Aún puede llegar a hacer el trabajo previsto para hoy.
(cuento publicado en la Antología Tricentenario -una visión conjetural de nuestro futuro-, con selección de Sergio Gaut vel Hartman, Ediciones Desde La Gente, en 2013)
martes, 18 de diciembre de 2012
El encanto de un planeta - Chinchiya
Ya que mi memoria, como
usted sabe, es fractal, puedo recordar todo como si se tratara de una película
sensorial 3D. Ahora trabajo para usted, con usted, en usted, pero por aquella época trabajaba para el oficial a cargo
de la investigación.
Todo comenzó esa
hermosa tarde de otoño, en esta misma oficina. El Mayor Falstaff tomó el papel
entre sus manos, y se encaminó a la ergosilla más cercana. Con gran dificultad,
pues ya se había desacostumbrado a leer, evaluó el informe que tenía enfrente.
«Asunto: Investigación sobre Gl581
– Colonia CONTOPAEN III
Objetivo: Descubrir los
posibles factores por los cuales la población mayor de edad no permanece en la
colonia.
Observación
previa:
Contopaen III está compuesta solamente por
niños y jóvenes en su adolescencia temprana y tardía. A simple vista no parece
haber problemas de salud destacables por su frecuencia entre la población. En
el anexo se encuentran las gráficas donde puede observarse la distribución
normal de las enfermedades y dolencias más comunes. Sin embargo, se notaron dos
circunstancias llamativas:
1)
La colonia no parece ser viable. Aún a 20 años de
establecida, no es autónoma y no produce bienes intercambiables.
2)
Aquellas personas que llegan a la adultez, alrededor
de los 55 años de edad, experimentan un deseo impostergable de dejar el planeta
para buscar un nuevo hogar.
Desarrollo:
Basado en la observación
directa, este equipo de investigación supone que se han creado fuertes lazos de
pertenencia a Contopaen III, de tal manera que los jóvenes han instaurado una
especie de comunidad en las que los adultos no tienen lugar. Las encuestas
indican que el 100% de la población sana es menor de 50 años. Los mayores de 50
se pueden dividir en dos grupos: los que están haciendo planes para irse, y los
que están demasiado enfermos como para intentar un salto espacial. Entre estos
últimos, hay gran índice de suicidios y casos de internación en clínicas siquiátricas.
A continuación, le adjunto…»
Falstaff dejó el
informe refregándose los ojos, cansado. Basura,
pensó. Me sorprendió su pensamiento, pero como no había requerido mi
intervención, no me comuniqué con él. El gobierno exigía que la investigación
se mantuviera en secreto, y por tanto tenía que soportar estos informes
escritos, sin percepciones sensoriales ni conexión luz-sináptica. Es decir, mi
función en este punto de la historia era de simple espectadora.
Falstaff siguió
pensando acerca del problema y se quedó dormido. La ergosilla cambió con
mecánica suavidad para que el hombre descansara cómodo.
Comenzó a soñar
con los sucesos que desencadenaron la investigación. Contopaen III o C-III,
como le decía todo el mundo, siempre había sido una colonia problemática. Desde
su fundación se produjeron muertes no del todo explicadas, pero se le habían atribuido
estos hechos a los peligros que toda instalación de una colonia conlleva. El
sueño repetía una y otra vez la escena tantas veces por él vista: el Coronel Decone
solicitaba, con cara preocupada y ceñuda, su baja inmediata como agente oficial
en la colonia. Falstaff entonces dialogaba con el Coronel, le preguntaba cosas
ininteligibles con tono amigable. Ambos se estrechaban la mano y el asunto
concluía.
Falstaff despertó
y puso en movimiento cada parte de su cuerpo, en una secuencia ordenada y
metódica. Mientras hacía esto, me dijo, como era usual:
-Thera -ésa soy yo-: modo conversacional. ¿Cuál es el estado del tiempo y la hora?
-Hola, señor. Tenemos afuera un hermoso día soleado, de 18°, y son las 15:45hs.
-Muy bien, ¿puedes resumir para mí este informe?
-Creo entender que aún no han encontrado la causa de la particular
predisposición de las personas a quedarse o irse de C-III.
-Eso supuse: basura. Gracias Thera, eso es todo por ahora -el Coronel siguió pensando modos de averiguar lo que estaba sucediendo
allí, sin tener que ir en persona.
El primer oficial
que había enviado a C-III había abandonado la misión y su puesto, y se había
establecido en la Colonia.
Se había casado y tenía hijos. Como sus conocimientos eran
muy útiles, nadie le había cuestionado su decisión.
El segundo había
sido el Coronel Decone. Al negársele la baja, se había suicidado.
Y la última vez se
había conformado una comisión compuesta por cinco personas, hombres y mujeres, de
edades variadas y distintas profesiones, no sólo militares. La comisión tardó
meses en enviar este informe que no echaba luz sobre el asunto.
Falstaff pidió el
resto del documento. Al parecer, el resumen que figuraba al principio era lo
único en lo que todos los miembros de la comisión estaban de acuerdo. La experta
en terraformación, una mujer de renombre, exponía una serie de razones por las
cuales evaluaba que la colonia era inviable, y no podía explicarse cómo los
colonos persistían en quedarse. Por el contrario, un joven sociólogo alababa
las maravillas de una sociedad que aparentemente no tenía delitos (o estos eran
menores). Y así siguiendo.
Llegado a este
punto, le hice notar a Falstaff que todas las opiniones me parecían muy
subjetivas, tanto en su redacción como en sus conclusiones.
Comenzó entonces
la segunda fase de la investigación: escarbar más hondo para descubrir quiénes
eran estas personas y por qué habían sido seleccionados.
Luego de varios
días entre datos que parecían irrelevantes, Falstaff tuvo una brillante idea.
Me hizo correlacionar las características principales de la gente con sus
opiniones. Es decir, comparar los datos de los agentes que habían ido a
investigar, como de cualquier otra persona que se tuviera noticia, con su
opinión personal sobre C-III.
El resultado
estaba tan a la vista que Falstaff se sintió avergonzado. Sin importar
profesión, sexo u origen étnico, todos los jóvenes amaban la colonia, y todos
los mayores la odiaban. Pero esto lo sabíamos desde el principio.
-Thera: modo conversacional-visual -aparecí con mi uniforme impecable.
-Hola, señor -había aprendido
que por más que estuviéramos charlando en su mente, al aparecer frente a sus
ojos debía saludarlo.
-Mira Thera, estoy confundido. ¿Por qué una colonia se compone únicamente
por miembros jóvenes? Ese es el objeto de mi investigación. Como me has hecho
notar, las opiniones se dividen por edades, por lo que no podemos contar con
ellas porque son muy subjetivas.
-Efectivamente, señor -muchas veces el
diálogo con Falstaff era casi un monólogo, pero así hallaba las
soluciones más agudas.
-Por tanto, si no podemos contar con investigaciones humanas, ¿con qué
contamos?
-Con las investigaciones robóticas, señor.
-A eso iba. ¿Qué datos tenemos sobre el planeta sobre el que se
estableció C-III?
-Especifique, señor.
-Muéstrame en la pantalla de pared todos los datos previos al
establecimiento de la colonia: masa del planeta, cantidad de agua, temperaturas
promedio, composición del suelo y atmósfera, radiaciones, ciclos de noche y
día… en fin, todo.
Falstaff se paseó
delante de los datos, tocando aquí, señalando allí, borrando, acomodando
números y gráficas en la pantalla durante horas. Yo permanecí en posición de
firmes procesando todos los números que me pidió.
Había datos faltantes
que interesaban, y mucho. Lo notable era que había por lo menos tres muertes de
colonos relacionadas con esas cifras. Y todos eran mayores de edad. Supusimos
que no eran accidentes, entonces.
-Esto me hiela las venas, Thera. Pareciera que hubieran ocultado que la
colonia era económicamente inviable, pero no se me ocurre con qué razón.
Necesitamos la información faltante: sobre la masa y gravedad del planeta, y
sobre los metales y minerales que pudieran encontrarse. Peina las redes, Thera,
necesito que encuentres esos datos.
-¿Datos restringidos también, señor? Eso me llevará algunas horas. Le
sugiero que se alimente, señor.
-Gracias Thera, siempre olvido que soy humano cuando me involucro en mi
trabajo -Falstaff se alejó
riendo hacia el comedor.
Un par de horas
más tarde (2:02:15.890 horas, para ser más precisa), anuncié a Falstaff los
resultados.
-¡Es increíble! ¿Cómo pudieron pasar por alto la pobreza del suelo donde
se iba a fundar la colonia?
-En ese momento, pudieron justificarlo diciendo que iba a instalarse un
puesto de avanzada para una exploración más exhaustiva, señor. Luego, al llegar
más oficiales científicos, poco a poco fueron estableciéndose hasta que la masa
crítica de gente se hizo tal que fue imposible ignorarlos como colonia. Nada de
esto hubiera sucedido si el primer grupo hubiera sido mixto, es decir,
compuesto por jóvenes y viejos.
»Pero esto es la
consecuencia del otro dato que me pidió investigar. Disculpe, señor, no pude
encontrar un valor fehaciente de gravedad del planeta.
-¿Cómo es eso? ¿No pudieron medir la gravedad? -dijo Falstaff con incredulidad.
-Los datos de distintas fuentes no coinciden. La medición más precisa
arrojaba resultados fluctuantes, señor.
-Qué notable… -dijo Falstaff
rascándose la barbilla pulcramente afeitada- Me inclino a concluir que este es el núcleo de todo el problema que
tenemos en C-III. Thera, por favor envía un pedido de sonda robótica para medir
el campo gravitatorio del planeta, y sus supuestas variaciones… espera, no. Haz
el pedido sin detallar las mediciones, yo mismo veré de conseguir un ingeniero
para configurarla. No quiero que haya ninguna fuga de información.
-Bien, señor.
Semanas más tarde,
Falstaff aún se hallaba embrollado en la burocracia para enviar la sonda
robótica a investigar. Siempre surgía alguna traba: no había fecha cierta para
el lanzamiento, se requería mayor especificación para autorizar su
configuración, etc. Sin que hubiera mediado palabra entre nosotros, el Mayor y
yo sabíamos que los colonos de C-III estaban moviendo influencias para trabar
la investigación. Y por más que seguíamos recabando datos que apoyaban nuestra
hipótesis, la información que nos proporcionaría la sonda era crucial.
Como era lógico
ante la falta de resultados, el Mayor Falstaff fue relevado de su cargo. La
investigación llevó a conclusiones que las autoridades se negaron a aceptar por
considerarlas tendenciosas e infundadas. Por suerte el Mayor también tenía
buenos amigos, y movió sus influencias para terminar en un puesto no muy
deshonroso en alguna de las colonias.
Usted se
preguntará por qué le cuento todo esto. Es para demostrarle que Falstaff no
estaba equivocado ni loco en decir que el planeta tenía una gravedad variable.
No sólo eso, sino que la gravedad estaba modulada de tal manera que para la
percepción humana era como una canción. Una canción que hablaba de paz y
seguridad, de fraternidad y unión.
¡Lamentablemente
sólo funcionaba para los jóvenes! Las fluctuaciones de gravedad no son bien
toleradas por aquellos que tienen las articulaciones un poco desgastadas, como
cuando un humano va envejeciendo.
Las causas de la
variación del campo gravitatorio me son desconocidas. La investigación se cortó
cuando íbamos a averiguar si se debía a un cambio en la rotación del planeta o
en su forma, ya que supusimos que no podía ser de masa variable. Es en este
punto donde le sugiero que usted debería continuar.
Sólo resta decirle
que una de las poetisas más sensibles compuso un poema a Contopaen III, sin
saber acerca de campos ni funciones, pero que describe bastante bien el fenómeno:
Las mareas me han traído
hasta aquí
meciéndome en sueños, meciéndome en sueños…
Acuno a mi niña, y la tierra
me acuna
En mis mullidos brazos nada
teme,
En sus rocosos brazos nada
temo
(…)
Todos hemos dormido
Y despertado en la tierra
prometida
Danzando la misma canción,
ondulantes como campos de
trigo
Que nunca crecerá en estas tierras
áridas…
(publicado en Revista NM #25, primavera de 2012: http://www.revistanm.com.ar/content/hemero.html)
Etiquetas:
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